Las rabietas de los niños son su manera de explicarnos sus problemas: no les ignores

Las rabietas de los niños son su manera de explicarnos sus problemas: no les ignores

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Estamos ya en las vacaciones de verano de los niños, han acabado las clases, ya no siguen las mismas rutinas que el resto del año, algunos están veraneando y los padres pasamos ahora mucho más tiempo con ellos que el resto del año.

Quizás porque ahora estamos más con ellos y perdemos más fácilmente la paciencia o quizás porque, como digo, no siguen sus rutinas y aún se están adaptando a nuevos horarios, hay momentos en que nos dedican una de sus temidas rabietas.

Estos días he visto a algunos padres con sus hijos, rabieta de por medio, y en rápida observación me he dado cuenta de que parece seguir imperando la solución más antigua, la de ignorar al niño. Mal hecho. Las rabietas de los niños son su manera de explicarnos sus problemas.

Pero, ¿cómo no ignorarles?

A veces dan ganas, lo sé. Hay días, hay momentos, que logran que perdamos la paciencia, que consiguen sacarnos de nuestro mundo racional y que nos hacen activarnos para la lucha o la huida, es decir, para poner un remedio que pasaría por ponernos a la misma altura emocional, quejándonos con todo el cuerpo, de manera enérgica, en un "¡Basta ya!" o bien para tratar de esquivar el momento, la situación, porque sabemos que pronto pasará o porque alguien nos ha dicho que eso es lo que hay que hacer.

Soy consciente de que a muchos padres les pasa porque a mí también me ha pasado. Y cuando la situación se triplica, porque son los tres hijos los que se ponen en modo llanto/queja (ahora me pasa menos, que el mayor ya no lo hace), puede llegar un momento en que te miras al espejo y ves una extraña y sospechosa sonrisa inexplicable, similar a la de aquellas personas que, fruto de alguna droga, sonríen sin saber qué sucede a su alrededor, totalmente idas.

Sin embargo, quitando estos episodios, que suelen ser puntuales, y centrándonos en aquellos momentos en que estamos ejerciendo de padres, tenemos paciencia suficiente (ideal que la tengamos siempre, claro) y decidimos hacer algo, tengo que recomendar no ignorar nunca las rabietas de vuestros hijos.

Pero, a mí me han dicho que es lo que hay que hacer

Ya, a ti y a todo el mundo. Y si no te lo han dicho has visto cómo se hace, porque todos hemos visto a algún niño llorar porque quiere algo (que no siempre será algo material) y a su madre o padre mirando para otro lado, como si escucharan llover. O hemos visto a un niño llorando en medio de la calle, sentado, mientras sus padres se alejan y alejan porque el niño no quiere irse del lugar o porque se niega a caminar.

Y si no lo hemos visto, lo hemos vivido en primera persona, como padres, con nuestro hijo teniendo una rabieta en algún sitio y los demás mirando la escena, esperando a que le castigues, le pegues, le digas que "hasta aquí hemos llegado" o que optes por ignorarle mientras les dices a todos: "por favor, no le hagáis caso". Y lo esperan, casi con ansia, para entonces hacer un gesto de aprobación, porque ellos lo habrían hecho igual y porque "si no, se te suben a las barbas".

El problema es que sus rabietas son su manera de decirnos algo importante

Busca a un adolescente enfadado con sus padres o a un adulto que no tenga buena relación con los suyos y pregúntale el porqué. Pregúntale por qué no se lleva bien con sus padres o por qué la relación no es todo lo cordial que debería ser. Seguro que te dirán que hay un claro problema de comunicación: "mis padres tienen sus propios problemas y nunca se han preocupado por los míos", "siempre ha sido más importante su trabajo que sus hijos", "querían que hiciera las cosas sólo a su manera y yo no podía decidir sobre mi propia vida", y cosas similares.

Vamos, que en algún momento de la relación entre padres e hijos la conexión se rompió. En algún momento los padres coartaron la libertad de los hijos y trataron de moldearles a su antojo y/o en algún momento los hijos sintieron que sus problemas no eran importantes para sus padres. Se rompió la confianza y los hijos dejaron de insistir. Se rompió el vínculo y los niños dejaron de intentarlo, buscando los referentes fuera de casa: sus amigos, sus iguales, otros adultos, los protagonistas de alguna serie de televisión, a saber...

Y ojo, que es normal que los niños tengan, al crecer, varios referentes. Es lógico que quieran encajar en su grupo de amigos, que quieran actuar como ellos y contarles a ellos problemas e inquietudes, pero la confianza con los padres debería existir siempre. Nosotros, los padres, tenemos que estar disponibles, y de nosotros depende que cuando crezcan sigan contando con nosotros.

Atendiendo a los niños

Para eso tenemos que escucharles cuando tengan problemas y tenemos que hablar con ellos. Y sí, cuando tienen un año o dos, también tienen problemas. Problemas que a nosotros nos parecen absurdos, problemas que nos parecen caprichos sin sentido, pero problemas para ellos. Problemas, porque son pequeños, porque tienen deseos y necesidades que ellos se crean, que nosotros les creamos (cuando culpables por no pasar demasiado tiempo con ellos lo suplimos con bienes materiales) o que la sociedad les crea y porque no son capaces de entender por qué no pueden tener o conseguir lo que desean en ese momento. Para ellos, en ese instante, es lo más importante del mundo. Y nosotros sabemos que minutos después lo más importante para ellos será otra cosa, pero en ese instante es eso, y debemos estar ahí.

No hablo de hacer lo que nos piden. No digo que hay que darles lo que quieren o hacer lo que quieren que hagamos. Digo que estemos ahí, que les escuchemos, que estemos a su disposición y que les hagamos saber que su problema, en cierto modo, está siendo escuchado, que su queja está siendo recibida.

Si podemos complacer su deseo, lo hacemos. Tenemos que ceder para que ellos aprecien el gesto y en el futuro sean también capaces de ceder. Si no podemos decir que sí, pues decimos que no. Explicamos por qué no, por qué les negamos lo que quieren y damos más explicaciones cuanto más capaces sean de comprenderlas.

Si son pequeños y no nos entienden demasiado no hace falta que les demos un sermón que no les aclarará demasiado, basta con decir que no puede ser y por qué no puede ser, y entonces ofrecer nuestros brazos para que se calmen en un abrazo cuando quieran (no digo cogerles a la fuerza, sino ofrecer nuestros brazos y nuestro cariño). Y entre medio, o cuando estén en nuestros brazos, buscar una alternativa, algo que sí puedan tener o algo que sí podamos hacer con ellos.

Si son más mayores y nos entienden, entonces sí, aprovechar para dar nuestras razones, haciéndoles saber que entendemos su enfado, su rabia y que entendemos lo que sienten, pero explicando por qué no puede ser.

Es mucho más grato para un niño saber que los demás te escuchan y entienden tus problemas, aunque la queja no sirva de nada, que no provocar ningún gesto ni respuesta, como si no existieran. De hecho, esto sucede con cualquier persona, ¿no? ¿O acaso cuando estáis enfadados, muy enfadados, preferís que se os ignore porque así "ya se os pasará"?

Fotos | Thinkstock
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